María de León Bello y Delgado


No dejan de impresionarme- en ocasiones inquietarme- determinados movimientos humanos en torno a una imagen, un misterio o, como en este caso que me ocupa, ante el cuerpo muerto de un ser humano. Este ser humano es el de María de León Bello y Delgado, más conocida ahora por La Siervita o Sor María de Jesús, nacida en el Sauzal el 23 de marzo de 1643, falleciendo un 15 de febrero de 1731 cuando contaba con 87 años de edad. Su cuerpo- incorrupto- se expone cada 14 y 15 por las monjas de clausura del convento de Santa Catalina de La Laguna. Y eso se viene haciendo desde hace siglos.


La ciencia ya habla de este fenómeno de conservación del que da algunas explicaciones. No es el primer caso ni va a ser el último, ya que hay datos- a cientos- de convictos ingleses que eran arrojados a los pantanos en sarcófagos de plomo tras ser ajusticiados y decenas de años después tenían el mismo aspecto que en el día de su muerte. Por lo tanto, no me voy a extender en si se trata de un proceso natural o divino. Lo que me intriga es todo este movimiento- mira el vídeo- y lo que debe de estar pensando cada cabeza, ahí esperando y combatiendo la tiritona de fío.


¿Por qué esperan? ¿Es simplemente para cumplir promesa? Creo que el asunto es más superficial. Estoy convencido que ante todo hay mucho bureo. Morbo, esa es la mejor definición. Hacen cola para ver un cadáver. La excusa es evidente: se va a mirar a una “santa”, aunque parece que el Vaticano no tiene muchas ganas de subirla a los altares. Para unos es la primera vez, se les nota por el nerviosismo y la falta de paciencia en la cola: otros, vienen cada año y hacen comentarios del tipo: “Parece que está más estropeada”. No me queda ninguna duda que debe de estarlo- pienso, mientras escucho pegado a la verja- por sus venas no corren ni sangre ni antioxidantes.


He filmado esa cara. Le he metido zoom a la cámara y me he descubierto como otros tantos, estoy seguro que la mayoría, sacando mi mejor estilo de mirón. He sentido inquietud y hasta zozobra por este pedacito de sociedad que lleva todo el día esperando el momento de descubrirse ante ese rostro verduzco que ya no dice ni cuenta nada, salvo para las fotos y las cámaras; dando por hecho que estoy grabando un rostro humano, claro, y no una máscara de cera como se cuenta en los mentideros. Encuentro a personas decepcionadas, como si hubieran estado anhelando una brisa fresca que surgiera directamente desde la urna de la fallecida y les diera en la cara en el mismo momento que miraban ese cuerpo de la que fue María de León Bello y Delgado, una mujer metida a monja que nunca pensó que en el siglo XXI lo que quedaba de ella iba a seguir siendo el entretenimiento para un domingo.

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